Tomado del Blog "gaucho malo" - El sitio de Santiago González
(https://gauchomalo.com.ar/)
COMO RABINOS, COMO ROBOTS
Al cambiar su modo de lectura, la
conciencia humana se acomoda, se vuelve
cómplice de los instrumentos concebidos para esclavizarla
Hay un aprender a leer que ocurre entre los tres y los
cuatro años, cuando más o menos comenzamos a entender la relación entre unos
signos gráficos y las palabras que representan. Pero ése es apenas el comienzo.
Leer es una operación bastante complicada, que no se limita a recorrer los
textos con la mirada, recoger la información y enviarla al cerebro. Especialmente porque las palabras no siempre quieren decir lo que parecen
decir. Revelan tanto como ocultan, sugieren, seducen,
rechazan, desvían la atención. La lectura ingenua o inocente toma
las palabras al pie de la letra. Pero leer supone perseguir por diferentes
caminos la relación entre las palabras y las cosas, reales o imaginarias,
concretas o abstractas, a las que aluden.
Por eso es que el aprendizaje de la lectura dura toda
la vida, nunca recibe su diploma ni tiene su fiesta de fin de curso.
Tenemos una lectura digamos racional, que hurga en el
corazón de los textos para precisar su sentido: es la lectura de la
inteligencia, término que significa literalmente “lectura del interior”, de lo
que está adentro (inter) de la
palabra (logos).
Así es como leemos, por ejemplo, un ensayo, o
un artículo como éste. Esta clase de lectura nos parece tan obvia y
natural que por lo general nos lanzamos a ella con tanta audacia como
imprudencia, hasta el día en que algo no nos cierra del todo, y ahí es cuando
empezamos a darnos cuenta de que existen las falacias y otras trampas del
lenguaje. Conocerlas es aprender a leer de otro modo,
más cauteloso. No es cuestión de andar por esos caminos
verbales de Dios casi como vinimos al mundo, y quedar a merced de cualquier
charlatán, de cualquier prestidigitador de las palabras.
Pero eso no es todo. El “duro ruido blando” que hace la oreja del
burrito Platero no es una zancadilla de Juan Ramón Jiménez, es algo simplemente
inasible a la razón. Por eso se nos enseña también otro tipo de lectura, que
supone un vaivén entre la forma (gráfica, sonora) y el contenido, y apela
además a lo sensual y lo emotivo para desentrañar un significado no literal,
sino sugerido: es la lectura de la interpretación. Interpretar viene de intermediar (inter)
para determinar un precio (pretium),
o sea tasar, y supone establecer correspondencias entre dos sistemas distintos.
Tal como un tasador traduce las cualidades de una casa a una suma de dinero, un
músico traduce una partitura a una secuencia sonora, o un traductor vierte un
texto de una lengua a otra. Cuando leemos poesía empeñamos los
sentidos, la emoción y la razón para traducir sus sugerencias a un sistema
inteligible, aun sabiendo que la interpretación puede ser provisoria y
cambiante (¡como el precio de la propiedad!).
Con esos dos modos de lectura que acabo de describir
podemos aproximarnos a casi todo lo escrito: editoriales, informes científicos,
novelas, poesías, avisos publicitarios, documentos. El “casi” es deliberado. Nuestra patria espiritual, eso que llamamos
Occidente, se edificó sobre el Libro ( o mejor dicho los libros, Biblia). Esto viene
de Jerusalén: nuestra otra vertiente cultural, la de Grecia y Roma, carecía de
textos sagrados. Ni siquiera se les ocurría que un texto podía ser sagrado. Lo
más parecido a una palabra divina era el oráculo, pero sus acertijos eran más
bien jugarretas de unos dioses crueles que se divertían con los dilemas
humanos. El crítico español José Ma. Rodríguez Méndez
habla de un modo de lectura reverencial, “al estilo judío”, nacido de la
aproximación particular que reclaman los textos sagrados.
La actitud “reverencial” frente al texto escrito, dice
este autor, se extendió más allá del ámbito religioso para convertirse en un
modo general de leer. “Se leía buscando un sentido religioso,
cabalístico, profundo a la letra”, dice. Y agrega: “El sentido semítico de la
lectura en España tenía aquel carácter sagrado de los intérpretes de la Biblia,
que buscan algo más que placer, expansión o ampliación: verdad.” La observación
de Rodríguez Méndez podía comprobarse fácilmente. En muchas bibliotecas particulares era común advertir uno o varios
volúmenes particularmente ajados -novelas, ensayos, poesías- que reflejaban la
afanosa búsqueda de verdad de su dueño, su visita reiterada (reverencial) a los
mismos textos para extraer de sus palabras el máximo de sentido.
La lectura reverencial asimila los modos racional y
emocional, por llamarlos de algún modo, de la lectura, pero necesariamente debe
superarlos: no se puede leer un texto sagrado sólo con el cerebro o sólo con el
corazón, pero tampoco se lo puede leer sin ambos. La lectura sagrada se practica desde el
espíritu, que preside sobre la razón y los sentimientos. Ahora bien, por su propia naturaleza, por
dirigirse hacia un texto revelado por Dios, la lectura reverencial excluye la
crítica o el disenso. Por cierto, cuando se la practica fuera de su
ámbito se vuelve extremadamente peligrosa. El siglo XX está plagado de ejemplos
de lecturas reverenciales aplicadas a textos profanos, que alimentaron
fanatismos, despotismos e intransigencias de toda laya.
Saber leer es parte sustancial de nuestro dominio del
lenguaje. Y nuestro dominio del lenguaje es lo que nos
distingue como especie; la evolución de la especie puede medirse por la
evolución de su dominio del lenguaje. A lo largo de los siglos desarrollamos
una refinada cultura verbal, de la que depende absolutamente todo lo que somos:
nuestros saberes, nuestras creencias y nuestros valores. La cultura verbal
permite el pensamiento abstracto, la ciencia dura y la filosofía; la cultura
verbal nos permite compartir y comparar otras formas de expresión -plásticas,
musicales, escénicas-, en la medida en que logramos interpretarlas, traducirlas
en palabras, y conversar sobre ellas. Esa cultura verbal
es la que estamos perdiendo aceleradamente, principalmente desde la irrupción
de la televisión, para sustituirla por una cultura de la imagen, una cultura
basada en la impresión, instantánea, fugaz, aislada, autosuficiente.
“La televisión
– escribí en una nota anterior-
trastornó la manera como nos representamos el mundo, como nos ubicamos en
tiempo y espacio en ese mundo, y como interactuamos con él. El pasaje de una
cultura basada en la palabra a una cultura visual mutiló nuestra capacidad de
discernir, reflexionar y actuar hasta convertirnos en una suerte de baldados
sociales, de analfabetos funcionales, de bárbaros de nuevo cuño. La palabra es un fenómeno social, es acción,
intercambio y reflexión. La palabra permite el pensamiento abstracto, sobre el
que se apoya la inteligencia superior de la especie. Poseemos un fino repertorio de filtros y controles, elaborado a través de
los siglos, para someter a crítica el flujo de las palabras, para tasar esa
moneda de intercambio espiritual. La imagen es la reproducción mental de algo
que está afuera, es individual, intransferible e inapelable.”
La televisión, literalmente, nos arrebató el uso de la
palabra, incluidas todas las refinadas formas de lectura descriptas más arriba
y que, en diversos grados, eran de uso común. De otro modo, nuestros grandes letristas de
tango, por ejemplo, autores populares si los hay, no habrían podido escribir la
poesía exquisita y compleja que escribieron, y ser ampliamente comprendidos y
disfrutados. “Un mundo concentrado sólo en el hecho de ver es un mundo estúpido
–escribió el ensayista italiano Giovanni Sartori–; el homo sapiens, un ser caracterizado por la reflexión, por su
capacidad para generar abstracciones, se está convirtiendo en un homo videns, una criatura que mira pero
que no piensa, que ve pero que no entiende”.
Cohen-Séat y Fougeyrollas lo explican así: “La actitud de los individuos sometidos a la
información verbal es una actitud de recepción.
Esto significa que reciben los mensajes verbales, a los
que deben y pueden responder mediante conductas apropiadas, verbales o de
hecho. La actitud de los individuos sometidos a la información visual es una
actitud de participación. Esto quiere decir que las representaciones no son solamente recibidas,
sino que son, más exactamente, vividas por quienes las reciben. La información visual desencadena de inmediato
no conductas de respuesta sino comportamientos de empatía. (…) La participación es
un modo de comprensión
en el cual lo afectivo se impone de una manera decisiva a lo intelectual.”
De alguna manera, el uso extendido de la red Internet
destronó a la televisión como medio de comunicación dominante en la sociedad. La red es un medio ambiguo en el que conviven
todas las formas de comunicación. Pero su organizador principal es verbal.
Después de casi medio siglo de reinado de lo
visual, volvimos a leer. Pero en medio siglo entran por lo menos tres
generaciones: es mucho tiempo. Volvimos a leer, es cierto. No es seguro que recordemos cómo hacerlo, ni
es seguro que existan maestros capaces de devolvernos esas capacidades que
describimos al comienzo, refinadas y perfeccionadas con el paso de los siglos,
pero arrojadas a un lado durante tres generaciones. Demanda mucho tiempo y mucho esfuerzo edificar una civilización; a la
barbarie se vuelve en un santiamén, como quien se desliza despreocupado por una
pendiente.
La cultura visual que nos absorbió durante las últimas
décadas nos acondicionó de tal forma que ahora encaramos la palabra escrita con
criterios visuales. La lectura es lineal: procede según la secuencia de las
palabras y acompaña el desenvolvimiento del razonamiento, el relato, la poesía
o la oración. La lectura necesita tiempo, y tiene su ritmo. La lectura exige al
cerebro digerir lo que lee, en un complejo proceso que es a la vez de
inteligencia, de comprensión, tal como vimos, y que incluye la asociación, la
puesta en contexto, la comparación. En cambio, la captación de la imagen es todo lo contrario: instantánea,
congelada, suficiente, carente de contexto.
Vimos la rodilla policial sobre
el cuello del negro, y estaba todo dicho. La respuesta fue inmediata y
emocional.
¿Cómo se puede leer con una mente formada en la
cultura visual? Después de observar durante un tiempo
los intercambios en la red Internet -en las redes sociales, en los foros y en
los comentarios a las notas periodísticas, incluso en los sitios dedicados a la
compraventa- encontré lo que parece ser un patrón de comportamiento: tendemos a
enfrentar los textos como si fueran imágenes, buscando asimilar
instantáneamente lo que se nos presenta ante los ojos. Para decirlo más claro:
no seguimos el discurso, la expresión que discurre en el tiempo, sino que buscamos velozmente con la
mirada indicadores que permitan asimilar lo que leemos a un repertorio de
imágenes preconcebidas. Como quien ve un vehículo más o menos cuadrado con una
cruz roja en el costado e instantáneamente reconoce: ambulancia.
Esto es muy fácil de distinguir cuando se trata de
discursos sobre temas controvertidos: el lector visual busca palabras clave,
que funcionan como indicadores para reconocer un perfil sobre el que su facción
ya tiene un juicio hecho: mercado, derechos, feminismo, nazis, neoliberalismo,
pibis, Cristo, imperialismo.
El lector visual no lee para entender sino para tomar
posición, su respuesta no es intelectual, inteligente, sino emocional,
inmediata. Como consecuencia, tal como describí en una nota anterior, “el
prejuicio, la agresión y el insulto prevalecen sobre la reflexión, la
comprensión y la tolerancia. Las palabras ya no son el logos que ordena e ilumina, sino piedras que se arrojan para
golpear, o que funcionan como santo y seña para suponer, no para entender, lo
que el otro quiere decir, y responder con la energía del caso.”
Esta lectura visual explica buena parte de las grietas
que dividen las sociedades occidentales. Ahora bien, aparece aquí una inquietante coincidencia entre la manera de
leer del homo videns que acabamos de
describir y la lectura cibernética de control y manipulación que practican los
grandes operadores de Internet. Esa forma visual de leer, que busca
indicadores y descarta el resto, es en sustancia la misma que utilizan los
expertos en inteligencia artificial cuando diseñan esos programas que leen
nuestras actividades, preferencias y transacciones rastreando señales que
diseñen nuestro perfil y permitan vendernos cosas, orientarnos políticamente o
vigilar que no nos pasemos de la raya, cualquiera sea esa raya. Solíamos leer como rabinos, ahora tendemos a leer como robots.
Peligrosamente, la estructura misma de la conciencia
humana se confunde, se acomoda, se vuelve cómplice de los instrumentos
concebidos para esclavizarla. Más peligrosamente todavía, esto ocurre en un
escenario -que algunos creen organizado por Antonio Gramsci y otros por Humpty
Dumpty- donde las palabras tienden a separarse de las cosas para significar lo
que el poder quiere que signifiquen.
–Santiago González